martes, 14 de octubre de 2008

Intro Programa Nº 16

Si bien es cierto que nuestra calidad de vida ha mejorado notablemente en muchos aspectos, digamos, en el último siglo y pico; también lo es decir que la especie humana ha sobrevivido miles de años sin un montón de cosas que hoy son presentadas a nuestros ojos como imprescindibles. Lácteos con LK6 Defensis, aspirinas, bebidas finamente gasificadas con 0% azúcar, artículos que gelifican fluidos y no paspan, productos contra el frizz del cabello, enjuagues bucales antibacteriales, y cuestiones por el estilo. No consumirlas puede significar grandes riesgos para nuestras vidas y nuestra seguridad. Al menos, eso nos advierten los anuncios y las publicidades. A través de esos “consejos” (como gustan llamarlos eufemísticamente), somos interpelados a diario, al punto tal, que nos invade una duda existencial. ¿Estás seguro que no lo necesitás?


De este modo, un peligro recurrente parece pisar nuestros talones. Nos acecha. Un peligro maliciosamente elaborado, artificialmente preparado, racionalmente calculado, inteligentemente diseñado. Nos hace vivir temerosos, comiéndonos las uñas, miedosos. Nos hace padecer terror. Terror a las caries, a la imposibilidad de no sacar la mancha, a engordar, a estar amargados, a que la migraña nos impida salir, o a que el estreñimiento no nos permita sonreir. Lo triste del caso es que nos han convencido de que consumiendo o comprando sus objetos y manufacturas estaremos a resguardo.


Nos involucran así a su cultura del miedo. Nos dominan con fantasmas. Nos infringen temor y nos ofrecen la seguridad de que todo se arreglará. Seguridad que, obviamente, no es gratis, se paga en cuotas, con tarjeta o en efectivo. Este juego perverso nos aliena, nos frustra, nos angustia. Y nos acostumbramos de repente a que, ante situaciones de desesperación, busquemos amainar el problema tomando pastillitas (sedantes, estimulantes, tranquilizantes y antidepresivos). La vida cotidiana se medicaliza. Según estudios especializados se estima que en los últimos cinco años el uso de estos medicamentos, en su mayoría de venta libre o sin prescripción, aumentó en un 14% y continúa creciendo. Vivimos en una sociedad dopada. Anestesiados. Alucinados por todo tipo de drogas: legales e ilegales, químicas o catódicas.


Y ahora ¿Quién podrá defendernos? ¿Pancho Ibáñez? ¿Míster Músculo? ¿Fabián Gianola? ¿Florencia Peña? ¿El dinosaurio de Danonino? ¿Los confites m&m? No. Nadie te va a venir a dar una mano cuando los necesites para las cosas importantes. Ellos sólo son la imagen de una ficción, perfectamente guionada y elaborada. Las empresas a las cuales esas imágenes representan tampoco te van a ayudar. A lo sumo harán una campaña solidaria que emocione sensibles corazones y laven sus culpas haciéndonos creer que algo de humanos hay en el fondo de sus almas.


Lo mejor debería ser dejar de creerles ¿no? O dejar de comprarles. O empezar a creer en otras cosas. En que no todo tiene precio. O que por más calidad que tengan algunos productos, estos no forman parte de nuestras necesidades básicas para reproducir la vida. O que todos tienen algo que esconder, excepto mi mono y yo.


No hay comentarios: