El los últimos días hemos leido y escuchado reiteradas veces una frase que suena sensata. “La crisis global distribuye pérdidas y concentra ganancias”. Para los plomeros y carpinteros pérdidas. Para los especuladores y timberos ganancias. Las pérdidas son de nosotros, las ganancias son ajenas cantaría tal vez Yupanqui si viviera. Queda demostrado finalmente, cómo la copa neoliberal derrama. Derrama miseria. Y para eso, no hay dudas que la mano invisible del mercado es la mejor asignadora.
En estos últimos días leimos, y fuimos testigos también, que el malo de la película gana otra vez el centro de la escena. En este juego épico y macabro del capitalismo financiero global, el mefistofélico Estado, enemigo a muerte del Dios mercado sale a su rescate y da una mano. Una mano que, en este caso no es invisible. Es concreta, es palpable. Es la mano visible del Tesoro imperial. El Estado hace su intervención, los mercados aplauden de pie y suspiran.
En los últimos días además, vimos caras que hacía mucho no veíamos. Caras duras, muy duras. Y escuchamos consejos de lo que deberíamos hacer que hacía mucho no escuchábamos. Un ex ministro por aquí, otro ex ministro por allá. Analistas, prestidigitadores, brujos y profetas que vaticinaron cien de las últimas dos crisis. Chantas todos. Discípulos de Friedman y Hayek todos. Expertos en provocar incendios sugiriendo las mejores formas de apagarlos. Esto nos recordó, a pesar de la risa y la nausea provocada, aquella canción que habla del caníbal desdentado enseñando a masticar y cuyo negocio es difícil de explicar y fácil de enseñar. Cuánta razón hay en ella.
En recientes días no faltaron tampoco, desde otros extremos ideológicos, quienes anuncian la muerte definitiva del sistema. Anuncio que ha sido repetido varias veces en los últimos 150 años y el bicho sigue andando. Está tuerto y rengo, tambalea y no se cae ¿Será esta la vez que lo haga? No lo sabemos. Acostumbrado ya a pasar largas estadías en terapias intensivas siempre se las ingenia para sobrevivir. Y para ello, para no morir, necesita del sacrificio de mucha vidas humanas. Eso es lo trágico, a la vez que paradójico.
En fin. Toda crisis, dicen, es también una oportunidad. Una oportunidad de ver y oir cosas como las que acabamos de relatar. O bien, una oportunidad para no enterarse de nada. Para preocuparse por cosas tan significativas como la posible eliminación de la Tota del programa de los sueños. O hacerse mala sangre por no conseguir entradas para el show de Madonna. O frivolidades por el estilo. Una excelente oportunidad, por qué no, para desviar tu atención y no te des por enterado que a vos te tocan las pérdidas otra vez. Qué lástima, todos tienen algo que perder, excepto mi mono y yo.
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