La ingenuidad no es una virtud. Por lo tanto, no es excusa válida para desentenderse de los problemas que nos aquejan o para culpar a los otros porque nos engañaron. Si alguien, en campaña electoral, nos prometió bajar el delito al 30% en pocos meses y le creímos, tal vez no sea sólo cuestión de ingenuidad sino también de pereza. Es decir, no podemos estar todo el tiempo a la espera que alguien venga a decirnos que resolverá nuestros dramas y sólo movernos con el fin de colocar su nombre en una urna. Nuestra pasividad, sumada a la ingenuidad, resulta complicidad.
No está mal confiar. Si desconfiáramos de todo a cada instante viviríamos de seguro en un manicomio. Y aunque lejos no estamos de eso, la confianza es necesaria. Todo el tiempo estamos confiando en algo: en personas, en gente, en amigos, en parejas, en productos para lavar la ropa, en bancos, en fin. Sin embargo, el problema de la ingenuidad es cuando se asocia a otra cualidad humana poco feliz. La ignorancia. Ambas, sumadas a la pasividad, y por qué no al descompromiso, generan el ambiente propicio para que los tuertos gobiernen a los ciegos. Todas esas condiciones son necesarias para que alguien diga cualquier cosa que suene creíble, en principio, pero que en un corto periodo de tiempo resulte un fraude. “Si yo les hubiera dicho todo lo que iba a hacer no me hubieran votado” se confesó cínicamente un ex presidente y ex presidiario.
En síntesis, la posesión de tales cualidades nos convierte en presa fácil de embaucadores, mitómanos compulsivos o delirantes poco afectos a medir las consecuencias de sus promesas. De todos modos debemos estar al tanto de algo. Y en esto debemos evitar todo tipo de ingenuidad. Existen mecanismos para estupidizar a la gente, enajenarla, convertirla en autómatas. Hay cientos, miles de formas que actúan microscópicamente, con el fin de despolitizarnos. La ingenuidad, la pasividad, la ignorancia y el descompromiso también se aprenden. Hay instituciones que nos enseñan a ser analfabetos políticos. Nos enseñan a no poder entender por qué las cosas suceden de cierto modo, a no enterarnos de que las cosas suceden o, a que aceptemos lo dado como mero resultado de la naturaleza y no de la acción humana.
No pretendemos interpelar a nuestros oyentes para que se hagan concientes de estos problemas. De ninguna manera. Sólo hacemos nuestro aporte para fomentar los rasgos culturales que venimos problematizando. Sólo queremos embaucarlo. Perdón por la ingenuidad de explicitar nuestros planes, no podemos evitarlo. Sólo queremos advertirle que: si usted cree que lo que decimos es verdad y confía en nuestras palabras, eso queda bajo entera responsabilidad suya y deberá hacerse cargo del uso que le de a las mismas. Porque todos tienen algo por lo cual responsabilizarse, incluso Mi Mono y Yo.
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