martes, 30 de septiembre de 2008

Intro Programa Nº 12

La ingenuidad no es una virtud. Por lo tanto, no es excusa válida para desentenderse de los problemas que nos aquejan o para culpar a los otros porque nos engañaron. Si alguien, en campaña electoral, nos prometió bajar el delito al 30% en pocos meses y le creímos, tal vez no sea sólo cuestión de ingenuidad sino también de pereza. Es decir, no podemos estar todo el tiempo a la espera que alguien venga a decirnos que resolverá nuestros dramas y sólo movernos con el fin de colocar su nombre en una urna. Nuestra pasividad, sumada a la ingenuidad, resulta complicidad.

No está mal confiar. Si desconfiáramos de todo a cada instante viviríamos de seguro en un manicomio. Y aunque lejos no estamos de eso, la confianza es necesaria. Todo el tiempo estamos confiando en algo: en personas, en gente, en amigos, en parejas, en productos para lavar la ropa, en bancos, en fin. Sin embargo, el problema de la ingenuidad es cuando se asocia a otra cualidad humana poco feliz. La ignorancia. Ambas, sumadas a la pasividad, y por qué no al descompromiso, generan el ambiente propicio para que los tuertos gobiernen a los ciegos. Todas esas condiciones son necesarias para que alguien diga cualquier cosa que suene creíble, en principio, pero que en un corto periodo de tiempo resulte un fraude. “Si yo les hubiera dicho todo lo que iba a hacer no me hubieran votado” se confesó cínicamente un ex presidente y ex presidiario.

En síntesis, la posesión de tales cualidades nos convierte en presa fácil de embaucadores, mitómanos compulsivos o delirantes poco afectos a medir las consecuencias de sus promesas. De todos modos debemos estar al tanto de algo. Y en esto debemos evitar todo tipo de ingenuidad. Existen mecanismos para estupidizar a la gente, enajenarla, convertirla en autómatas. Hay cientos, miles de formas que actúan microscópicamente, con el fin de despolitizarnos. La ingenuidad, la pasividad, la ignorancia y el descompromiso también se aprenden. Hay instituciones que nos enseñan a ser analfabetos políticos. Nos enseñan a no poder entender por qué las cosas suceden de cierto modo, a no enterarnos de que las cosas suceden o, a que aceptemos lo dado como mero resultado de la naturaleza y no de la acción humana.

No pretendemos interpelar a nuestros oyentes para que se hagan concientes de estos problemas. De ninguna manera. Sólo hacemos nuestro aporte para fomentar los rasgos culturales que venimos problematizando. Sólo queremos embaucarlo. Perdón por la ingenuidad de explicitar nuestros planes, no podemos evitarlo. Sólo queremos advertirle que: si usted cree que lo que decimos es verdad y confía en nuestras palabras, eso queda bajo entera responsabilidad suya y deberá hacerse cargo del uso que le de a las mismas. Porque todos tienen algo por lo cual responsabilizarse, incluso Mi Mono y Yo.

Intro Programa Nº 14

El los últimos días hemos leido y escuchado reiteradas veces una frase que suena sensata. “La crisis global distribuye pérdidas y concentra ganancias”. Para los plomeros y carpinteros pérdidas. Para los especuladores y timberos ganancias. Las pérdidas son de nosotros, las ganancias son ajenas cantaría tal vez Yupanqui si viviera. Queda demostrado finalmente, cómo la copa neoliberal derrama. Derrama miseria. Y para eso, no hay dudas que la mano invisible del mercado es la mejor asignadora.

En estos últimos días leimos, y fuimos testigos también, que el malo de la película gana otra vez el centro de la escena. En este juego épico y macabro del capitalismo financiero global, el mefistofélico Estado, enemigo a muerte del Dios mercado sale a su rescate y da una mano. Una mano que, en este caso no es invisible. Es concreta, es palpable. Es la mano visible del Tesoro imperial. El Estado hace su intervención, los mercados aplauden de pie y suspiran.

En los últimos días además, vimos caras que hacía mucho no veíamos. Caras duras, muy duras. Y escuchamos consejos de lo que deberíamos hacer que hacía mucho no escuchábamos. Un ex ministro por aquí, otro ex ministro por allá. Analistas, prestidigitadores, brujos y profetas que vaticinaron cien de las últimas dos crisis. Chantas todos. Discípulos de Friedman y Hayek todos. Expertos en provocar incendios sugiriendo las mejores formas de apagarlos. Esto nos recordó, a pesar de la risa y la nausea provocada, aquella canción que habla del caníbal desdentado enseñando a masticar y cuyo negocio es difícil de explicar y fácil de enseñar. Cuánta razón hay en ella.

En recientes días no faltaron tampoco, desde otros extremos ideológicos, quienes anuncian la muerte definitiva del sistema. Anuncio que ha sido repetido varias veces en los últimos 150 años y el bicho sigue andando. Está tuerto y rengo, tambalea y no se cae ¿Será esta la vez que lo haga? No lo sabemos. Acostumbrado ya a pasar largas estadías en terapias intensivas siempre se las ingenia para sobrevivir. Y para ello, para no morir, necesita del sacrificio de mucha vidas humanas. Eso es lo trágico, a la vez que paradójico.

En fin. Toda crisis, dicen, es también una oportunidad. Una oportunidad de ver y oir cosas como las que acabamos de relatar. O bien, una oportunidad para no enterarse de nada. Para preocuparse por cosas tan significativas como la posible eliminación de la Tota del programa de los sueños. O hacerse mala sangre por no conseguir entradas para el show de Madonna. O frivolidades por el estilo. Una excelente oportunidad, por qué no, para desviar tu atención y no te des por enterado que a vos te tocan las pérdidas otra vez. Qué lástima, todos tienen algo que perder, excepto mi mono y yo.

Intro Programa Nº 13

En esta oportunidad no diremos nada. Bah, sólo discurrirán las palabras, pero no habrá sentido. A partir de este momento las palabras, las frases y las oraciones cubrirán el silencio, el cual suele ser considerado más aburrido que la suma de palabras, frases y oraciones. Es que no tenemos ganas de decir nada importante. ¿Para qué obligarnos a nosotros mismos a pensar cosas importantes si lo que exigimos a nuestro público es que no lo haga? Sólo diremos esto. Lo que escuchan. Palabras sumadas que no contienen nada, sólo suenan en sus oídos. Estas no entretienen, no informan, no divierten, no provocan ni disparan polémicas. Son letra muerta. Bla, bla, bla.

Esto es así, y disculpen la honestidad. Decidimos que cuando no hay nada para decir es importante no hacerlo. Sin embargo, balbuceamos lo que decimos a sólo fin de ganarle al silencio, a la nada, al vacío. Es que el silencio es tan aterrador. Tan desconcertante. Tan irritable, insoportable. Obviamente existen distintas categorías de silencio. Por un lado, el silencio deliberado, premeditado, impune, aquel que se utiliza con el fin de evitar que no emerja eso que llamamos verdad. Por otro, el silencio casual, accidental, no planeado. Ese que se da, según algunos, por el paso de un ángel. El primero, cuando se rompe, nos provoca impotencia, rabia, bronca y otros tipos de malestar. El segundo, por su parte, suele producir incomodidad, interrogantes, soledad. Este nos apura a buscar una rápida reacción que nos saque de tal estado.

Para la cultura actual en la que estamos inmersos, el silencio de segundo tipo es antieconómico. Ese silencio no produce dividendos. Nadie compraría un CD que sólo trajera silencio. El silencio aburre, ya lo dijimos, y somos capaces de soportar a cualquier papanatas que diga cualquier estupidez, a quedarnos ensombrecidos en una situación silenciosa, la que nos llevaría de seguro a la reflexión, a la meditación, a la búsqueda de respuestas para explicar nuestras desgracias y mala fortuna.

Ese es el motivo de estas palabras, frases y oraciones. Que no suene improvisado, lo hacemos con un objetivo. Generar un mero estado de empatía, de simpatía, de contacto. Aunque nada tenga sentido en la mediación. Esta parece ser la clave del éxito descomunal de muchos ¿por qué no imitar nosotros este patrón? Por favor, no se alarmen. Sólo somos la proyección de toda la cultura mediática en un punto del infinito. Más daño del que se ha hecho no vamos a provocar.

martes, 9 de septiembre de 2008

Intro Programa Nº 11

Hagamos un ejercicio de razonamiento económico. Imaginemos un ejemplo práctico de cómo funciona este sistema y veamos cómo el cinismo juega un papel fundamental para todo aquel que desee apostar su suerte en él. Supongamos que somos dueños de una empresa que fabrica armas y municiones. Para que nuestro negocio funcione va a ser necesaria indefectiblemente cierta demanda. Es decir, necesitaremos que haya gente o instituciones que demanden nuestras armas y municiones. Para ello, serán necesarios entonces los conflictos bélicos, la represión de protestas sociales o cierta tasa de hechos delictivos.

Ahora supongamos que tenemos una empresa de alarmas y cámaras de seguridad. Para tener éxito en este negocio, probablemente necesitaremos que se produzcan robos, delitos contra la propiedad o contra las personas. Si los índices de robos, delitos y asesinatos son altos, por lógica, alta será la demanda de alarmas y cámaras, y alta será nuestra prosperidad también.

Podemos suponer también que somos dueños de un diario, un par de radios y un canal de televisión. Para este negocio, el rating es sinónimo de dividendos ¿Cómo se consigue? Simple: escándalos más chicas con poca ropa más sangre más llantos más risotadas más violencia más muertos. A través de nuestros medios, podríamos proveer un buen servicio a las empresas de armas y seguridad generando en la población una sensación de indefensión tal, que muchos sientan la necesidad de armarse o comprar algún artículo que satisfaga sus deseos de estar protegidos. Esta unión acrecentaría nuestros ingresos y los beneficios de aquellos también.

Y ya que estamos de suposiciones, hagamos de cuenta que somos parte de un negocio que anda muy bien en los Estados Unidos. Las cárceles privadas. O sea un mercado donde los presidios no son estatales sino que son privados. En él todos compiten bajo las leyes naturales del libre juego de la oferta y la demanda de presidiarios y convictos. La cosa es fácil de explicar. Yo tengo una cárcel que le presta servicios al Estado. Para que funcione necesito presos ¿Cómo hago para tener muchos presos? Genero estrategias que produzcan una cantidad considerable de estos. Invierto en inseguridad y ofrezco seguridad. Siembro inseguridad, cosecho convictos y con ellos excelentes ingresos.

Pero, supongamos ahora que, en lugar de empresarios de la industria armamentista o de la seguridad, o empresarios mediáticos, somos responsables políticos de garantizar el trabajo, la educación, la salud, la cultura y la vida de la gente. Imaginemos algo que pocos imaginan. Que resolver el problema de la inseguridad signifique solucionar problemas atinentes a generar empleos genuinos, mejorar las condiciones de vida de la población, acortar la brecha entre los que tienen todo de todo y los que sólo tienen miseria, atacar las mafias organizadas integradas por delincuentes, abogados, jueces, policías y funcionarios políticos.

Si lográramos nuestro cometido, suponemos que, caería la demanda de armas, cámaras, alarmas, sistemas tecnológicos, guardaespaldas, vigiladores, y todo lo que implica la industria de la seguridad. Esto produciría al mismo tiempo, una caída en la facturación, una merma en sus tasas de ganancia. Es muy probable, por ello, que aquellos capitalistas que han invertido sus recursos en esta rama de la economía, al ver que sus intereses están siendo perjudicados hagan lo posible para que ello no ocurra. Podemos imaginar distintas medidas para evitarlo. Contratar mano de obra delictiva barata para que realice cierto acto de alto impacto mediático y social. Algo que genere terror en la ciudadanía, y que el terror desencadene una reacción. Un secuestro, un asalto y un enfrentamiento armado. Una balacera. Un muerto o dos tal vez no vendrían nada mal, y a falta de uno buenos son los heridos ¿no? Esto pondría en marcha nuevamente la cadena productiva del complejo industrial de la seguridad.

Obviamente todo es un suponer. Nadie afirma que esto ocurra en la realidad. Nooo. Confiamos plenamente en la buena fe de toda esa gente que dedica sus esfuerzos a tan honrados negocios. Si así como hay tipos que se dedican a eso, otros se dedican al mercado financiero y otros a exportar soja.

Mejor lo dejamos ahí. Ya ve cómo son estas cosas, uno empieza con la idea de hacer un razonamiento de sentido común y vea dónde terminamos. En un modo de pensar que no es común y que desgraciadamente parece tener mucho sentido. Supongamos mejor que no dijimos nada. Shhhh..

Intro Programa Nº 10

Dios, el progreso, la ciencia y la técnica; la mano invisible del mercado, el proletariado, la historia que se dirige en un continuo desarrollo a la emancipación humana, la razón, el destino manifiesto, la suerte. Creer o reventar, todos creemos en algo. Hasta quienes dicen no creer, tienen fe en algo, los moviliza algo. Será por eso que dicen “la fe mueve montañas”. A nadie escapa que hoy eso sea posible, e incluso que además de mover montañas podemos también borrarlas de un plumazo. Si tenemos confianza en un par de toneladas de dinamita o en cierta tecnología atómica eso es perfectamente factible. Esta es hoy, quizá, la religión dominante. Aunque conviva, no sin conflicto y contradicciones, con otros tipos de fe. Esta es la religión del progreso y su fe ciega en la razón. Razón contradictoria, sin razón, irracional. Calculadora, clasificadora, administradora, dominadora, destructiva. Esta como otras, aplasta la vida hoy con la promesa de una vida mejor que siempre estamos a punto de alcanzar. O incluso algunos profetas más optimistas decretaron que ya la alcanzamos y esa vida mejor con su mundo perfecto ideal es hoy.

Como decíamos todos tenemos una religión, ídolos y profetas a quienes venerar. Hasta Maradona tiene feligreses. La religión atraviesa la cultura de mil formas. Misa llaman los fanáticos a los recitales de Los Redonditos de Ricota. In good we trust, “en Dios confiamos” es la frase que está estampada en las monedas y billetes verdes norteamericanos, y parece qué siempre juega a su favor. Todos ponemos nuestras esperanzas en algo mejor que irrumpirá en algún momento. Fe en caminos que nos dirigirán indefectiblemente hacia la realización de un plan divino creado por un ser superior, trascendente o hacia un nuevo estadio histórico ideal, guiados por el espíritu absoluto de la razón humana.

Nosotros también te damos algo en qué creer. Poner nuestra a fe y esperanza en la “utopía de la comunicación” es nuestra función, nuestro apostolado. A predicar el mito de la sociedad de la información hemos sido convocados. Nuestro trabajo es universalizar ese Mito. Mito cuya realización obrará milagros en términos de igualdad y democracia, pero que no es más que el pivote de un proyecto geopolítico cuya función es la de garantizar la reordenación económica del planeta en torno a los valores de la democracia de mercado. Mito que no es más que un proyecto político concreto que no beneficia a la mayoría, no aporta más democracia, ni más prosperidad, sino que está construido, justamente sobre eso, sobre el mito de que todo aquello se cumplirá. Y no importa por qué denunciamos nuestros planes, sólo nos importa que creas, que tengas fe, que guardes esperanzas. Porque todos tienen algo en qué creer, incluso Mi Mono y Yo.