domingo, 7 de diciembre de 2008

Intro Programa Nº 21

Un teatro, un glaciar, una montaña, el agua, la educación, la cultura, un territorio, un cuerpo, un zapato, un casino, un intendente, un gobernador, un empresario, un medio de comunicación. Todos tienen algo en común. Todos pueden ser comprados o vendidos. Todos son mercancías comercializables. Claro, esto es así hoy, aunque no fue siempre igual.
No es natural que todo tenga un precio. Todo es una construcción. Todo es consecuencia y resultado de complejos procesos históricos, políticos y culturales. En ellos los sujetos hemos sido moldeados de tal manera que hoy todas nuestras prácticas parecen orientarse a calcular costos y beneficios individuales full time. Día y noche, los 365 días del año.
Hay quienes se resisten a ese tipo de praxis y optan por no dar crédito a dichas fábulas. Gente que duda, que descree, que se interroga, que se rebela. Gente inadaptada, incapaz de asimilar las normas que hacen a un país moderno y desarrollado. Que no tienen apego por la propiedad privada. Que en lugar de aportar a la sociedad actuando egoístamente prefieren servir a los otros desinteresadamente, cooperar, ser solidarios. Generalmente, estos tienden a ser considerados locos o antisociales por aquellos que regulan y prescriben lo que es normal y aceptado socialmente.
A los antisociales, inadaptados, disfuncionales, locos hay que controlarlos, y de ser posible encerrarlos. Prohibirles las manifestaciones públicas. Hay que desalentarlos a protestar, descontándoles los días que paran para reclamar sus derechos. También hay que descalificarlos: “No quieren trabajar”. “Que dejen de quejarse y vayan a laburar”. “Vagos”. “Sólo molestan y dan una mala imagen al turismo internacional.”
En esta construcción, nosotros hacemos nuestra parte. Colaboramos en la producción cotidiana de la realidad. En contar la historia de modo particular, parcial, pero con la pretensión de universal, unívoca, incontrastable. Ayudamos en la elaboración de la agenda pública, de ordenar y jerarquizar lo importante y relevante. También en silenciar lo que contradice nuestros intereses sectoriales. Nombramos, calificamos, reforzamos ideas, no decimos qué pensar sino sobre qué. Damos al público lo que quiere, aunque previamente generamos la necesidad de qué es lo que querrá. En síntesis, ayudamos a mantener la ficción en la que estamos viviendo. Esto ya lo hemos dicho una y mil veces pero ustedes parecen no darse cuenta. Será que lo hacemos muy bien.
Entonces, decíamos, nada es natural y sin embargo hoy, todos tienen algo en común (son cosas, objetos, mercancías y tienen precio). Todos, incluso mi mono y yo.

martes, 18 de noviembre de 2008

Intro Programa Nº 20

La hoja en blanco, la mente en blanco y el silencio aterran. Por eso, no nos importa recurrir a cualquier tipo de frivolidad o de banalidad para rellenar los espacios vacíos. Todo viene bien. Siempre y cuando no caigan dentro de la categoría de “aburrido”. No nos importa poner fragmentos inconexos de lo que llaman realidad en una concatenación aleatoria. Pequeñas partes del todo. Todo de nada.

No nos pidan cultura. Esto es cultura también ¿o no? Cultura de masas, dominante, lo que vende, lo que gusta, lo que se consume. Un bien transable de alta rentabilidad. No necesitás casi esfuerzo para tragar lo que te proponemos. Divertite, pasala bien. Viví el momento. Se positivo. Qué buena onda. Deprimirse es re out. Aburrirse también. Los amargados no tienen cabida, los disconformes tampoco.

No nos importa reconocernos como aparato ideológico que reproduce y refuerza las ideas de las clases dominantes. Si total, sabemos que no entendés una sola palabra de lo que te estamos diciendo. ¿Lo qué? Vos te reís, y el chiste pasa desapercibido sin comprenderlo. No te importa, te conformás con tu aparato telefónico/musical/fotográfico/mensajero. Con él nunca más estarás solo. Ya formás parte de la comunidad. Sos felíz.

Es tan fácil este oficio. Sobrestimar a los tontos y subestimar a quienes realmente conocen cómo funciona la cuestión. Nunca poner la luz sobre los hechos para que sean evidentes. No, hacemos lo posible para que reine más aun la confusión. Que los velos nunca se caigan. Que lo oculto mantenga su ostracismo. Que el orden se mantenga inmutable.

¿Cómo se llama esta profesión? Tiene mil nombres. Es el arte de manejar la técnica y la ciencia del ocultamiento en diversos campos. Puedes llamarnos periodistas, comunicadores sociales, economistas, analistas, columnistas, locutores, publicistas. Qué más da. Rotulanos como quieras. El nombre que nos pongas no cambia nada. La relación sigue siendo la misma. Vos escuchás, nosotros decimos. Vos leés, nosotros escribimos. Vos mirás, nosotros actuamos. Vos comprás, nosotros vendemos. Vos objeto, nosotros sujetos. Vos dominado, nosotros dominantes. Vos gobernado, nosotros gobierno. Vos elegís, nosotros decidimos y ejercemos el poder.

¿Qué pensás hacer al respecto? ¿Seguir conformándote con el lugar que te hemos asignado? Siempre hay lugar para la negación, intersticios para la resistencia. Aunque, estos también tienen su mercado y para ellos tenemos cosas para ofrecer. Entonces, ya ves. Las opciones para fugarte también te las brindamos nosotros. Vas a escapar a ninguna parte o al manicomio.

Aunque, queda una última alternativa. La rebeldía colectiva y organizada. Pero para su realización es mejor que indagues, preguntes y hagas tu propia experiencia. Nosotros no vamos a decirte cómo es ni cómo se hace. Porque todos tienen algo que experimentar, excepto mi mono y yo.

viernes, 17 de octubre de 2008

Intro Programa Nº 17

Esta historia comenzó con aquel sujeto que se reconoció en el espejo. Que se hizo conciente. Aquel que conoció su interior. Su alter ego. Una mala persona con su bondad siempre latente. Ese tipo dicotómico, contradictorio. Aquel que se dio cuenta que en su interior se desarrolla una lucha permanente entre la vida y la muerte. Entre su yo egoísta y su yo solidario. Entre lo vil y lo noble. Entre los humano y lo animal. Entre lo creativo y lo destructivo. Entre lo individual y lo genérico.

Aquel que quiso abandonar la impostura. Aquel que salió a la calle y ya no fingió. Que fue al emporio de la hipocresía, de la doble moral y vomitó su conflicto a los otros. Y así fue encontrando a muchos como él. Se reconoció ahora en un colectivo y fue reconocido. Ahora ya no está solo. Ya no es él, sino que son ellos. Y ellos somos nosotros. Vasto conjunto de contradicciones. Impulsor de un movimiento continuo hacia alguna parte. Motor esquizofrénico que avanza sin dirección clara, pero que va. Siempre amenazado con el peligro de chocar, pero que se las arregla para evitarlo.

Ahora somos muchos marchando descaradamente y sin solemnidad. ¿Qué queremos? No lo sabemos ¿Qué buscamos? ¿La autenticidad tal vez? Quizás ¿Qué nos moviliza? ¿El desprecio a la superficialidad, a la ignorancia, a la banalidad? ¿La repulsión hacia la naturalización creada e industrializada por la cultura actual? No hay respuestas ¿Perseguimos una utopía? Si, somos una bola de estúpidos buscando desestupidizar lo estupidizado.

Sólo tenemos claro que no queremos estar quietos mirando el espectáculo. También queremos actuar. Nos negamos a ver sentados cómodamente cómo el gran teatro se nos viene encima y los titiriteros salen indemnes una vez más. Para ello, buscamos respuestas a preguntas que no tenemos.

En definitiva no somos más que esto: una horda de seres en duda constante nadando en los océanos de la confusión. Buscando una brújula que nos oriente hacia aguas menos tormentosas y menos profundas. Ya nos conocen. No somos expertos nadadores. Y si bien es cierto que muchas veces nos ahogamos en vasos de agua, hacemos lo posible para mantenernos a flote.

Es lo que tenemos para ofrecer. Ni más ni menos. Aquellos que estén dispuestos a hacer la experiencia sólo tiene que arrojarse, bracear y patalear. Al agua pato. Al agua mono.

martes, 14 de octubre de 2008

Intro Programa Nº 16

Si bien es cierto que nuestra calidad de vida ha mejorado notablemente en muchos aspectos, digamos, en el último siglo y pico; también lo es decir que la especie humana ha sobrevivido miles de años sin un montón de cosas que hoy son presentadas a nuestros ojos como imprescindibles. Lácteos con LK6 Defensis, aspirinas, bebidas finamente gasificadas con 0% azúcar, artículos que gelifican fluidos y no paspan, productos contra el frizz del cabello, enjuagues bucales antibacteriales, y cuestiones por el estilo. No consumirlas puede significar grandes riesgos para nuestras vidas y nuestra seguridad. Al menos, eso nos advierten los anuncios y las publicidades. A través de esos “consejos” (como gustan llamarlos eufemísticamente), somos interpelados a diario, al punto tal, que nos invade una duda existencial. ¿Estás seguro que no lo necesitás?


De este modo, un peligro recurrente parece pisar nuestros talones. Nos acecha. Un peligro maliciosamente elaborado, artificialmente preparado, racionalmente calculado, inteligentemente diseñado. Nos hace vivir temerosos, comiéndonos las uñas, miedosos. Nos hace padecer terror. Terror a las caries, a la imposibilidad de no sacar la mancha, a engordar, a estar amargados, a que la migraña nos impida salir, o a que el estreñimiento no nos permita sonreir. Lo triste del caso es que nos han convencido de que consumiendo o comprando sus objetos y manufacturas estaremos a resguardo.


Nos involucran así a su cultura del miedo. Nos dominan con fantasmas. Nos infringen temor y nos ofrecen la seguridad de que todo se arreglará. Seguridad que, obviamente, no es gratis, se paga en cuotas, con tarjeta o en efectivo. Este juego perverso nos aliena, nos frustra, nos angustia. Y nos acostumbramos de repente a que, ante situaciones de desesperación, busquemos amainar el problema tomando pastillitas (sedantes, estimulantes, tranquilizantes y antidepresivos). La vida cotidiana se medicaliza. Según estudios especializados se estima que en los últimos cinco años el uso de estos medicamentos, en su mayoría de venta libre o sin prescripción, aumentó en un 14% y continúa creciendo. Vivimos en una sociedad dopada. Anestesiados. Alucinados por todo tipo de drogas: legales e ilegales, químicas o catódicas.


Y ahora ¿Quién podrá defendernos? ¿Pancho Ibáñez? ¿Míster Músculo? ¿Fabián Gianola? ¿Florencia Peña? ¿El dinosaurio de Danonino? ¿Los confites m&m? No. Nadie te va a venir a dar una mano cuando los necesites para las cosas importantes. Ellos sólo son la imagen de una ficción, perfectamente guionada y elaborada. Las empresas a las cuales esas imágenes representan tampoco te van a ayudar. A lo sumo harán una campaña solidaria que emocione sensibles corazones y laven sus culpas haciéndonos creer que algo de humanos hay en el fondo de sus almas.


Lo mejor debería ser dejar de creerles ¿no? O dejar de comprarles. O empezar a creer en otras cosas. En que no todo tiene precio. O que por más calidad que tengan algunos productos, estos no forman parte de nuestras necesidades básicas para reproducir la vida. O que todos tienen algo que esconder, excepto mi mono y yo.


sábado, 4 de octubre de 2008

Intro Programa Nº 15

Hoy no hay inspiración. No hay voluntad. Tampoco hay creatividad. No tenemos ganas ya de pensar, de escribir, de decir. Además para qué. Si no conmovemos a nadie. Nunca fuimos capaces siquiera de que alguien quedase con una vaga idea retumbando en su cabeza. No vamos a lograrlo justo hoy ¿no? No, este show no fue creado para eso.

Sabemos que muchos de ustedes llegan a casa cansados, agotados, estresados. El trabajo, el trajín cotidiano, las largas esperas y demases. Pocas ganas quedan de enterarse de algo. No tienen ánimo de escuchar planteos acerca de cosas complicadas de entender y difíciles de digerir. Sólo quieren relax.

Les proponemos algo. Mientras decimos lo que decimos, aprovechen para distraerse. Diviértanse. Prendan la tele, cambien de estación, manden un mensaje de texto. Pongan el programa de Rial, una novela, videos musicales o el clásico de la liga alemana de waterpolo. Pueden, sino, buscar la seductora voz de algún locutor piola, con la “mejor onda”, de esos que te dan lo que pedís mientras ametrallan tus oídos al repetir constantemente palabras como “bárbaro” y muletillas por el estilo.

También existen los libros, claro. Pero ¿quién está dispuesto a esta hora a perder el tiempo con ellos? Implican demasiado esfuerzo, mucha atención. Mejor es Internet, un universo de posibilidades. Hay un abanico tan amplio para entretenerse. Para qué perder el tiempo entonces, escuchando las excusas de gente floja como nosotros, tratando de dar explicaciones acerca de por qué no hicimos lo que teníamos que hacer.

Tomen el control. Sean soberanos. Recuerden que son libres para elegir. Free to choice. Ejerzan el libre albedrío. Calculen racionalmente el modo más eficiente de obtener placer y entretenimiento al menor costo. Sean capaces de decidir acertadamente cualquier cosa que los coloque al otro lado del aburrimiento que representamos. Pero por favor, no dejen de ver o escuchar los comerciales. Ellos son quienes hacen que todo esto sea posible. Que todo suceda. Ellos financian nuestras emociones. Sin ellos no hay show, y el show... el show debe seguir.

martes, 30 de septiembre de 2008

Intro Programa Nº 12

La ingenuidad no es una virtud. Por lo tanto, no es excusa válida para desentenderse de los problemas que nos aquejan o para culpar a los otros porque nos engañaron. Si alguien, en campaña electoral, nos prometió bajar el delito al 30% en pocos meses y le creímos, tal vez no sea sólo cuestión de ingenuidad sino también de pereza. Es decir, no podemos estar todo el tiempo a la espera que alguien venga a decirnos que resolverá nuestros dramas y sólo movernos con el fin de colocar su nombre en una urna. Nuestra pasividad, sumada a la ingenuidad, resulta complicidad.

No está mal confiar. Si desconfiáramos de todo a cada instante viviríamos de seguro en un manicomio. Y aunque lejos no estamos de eso, la confianza es necesaria. Todo el tiempo estamos confiando en algo: en personas, en gente, en amigos, en parejas, en productos para lavar la ropa, en bancos, en fin. Sin embargo, el problema de la ingenuidad es cuando se asocia a otra cualidad humana poco feliz. La ignorancia. Ambas, sumadas a la pasividad, y por qué no al descompromiso, generan el ambiente propicio para que los tuertos gobiernen a los ciegos. Todas esas condiciones son necesarias para que alguien diga cualquier cosa que suene creíble, en principio, pero que en un corto periodo de tiempo resulte un fraude. “Si yo les hubiera dicho todo lo que iba a hacer no me hubieran votado” se confesó cínicamente un ex presidente y ex presidiario.

En síntesis, la posesión de tales cualidades nos convierte en presa fácil de embaucadores, mitómanos compulsivos o delirantes poco afectos a medir las consecuencias de sus promesas. De todos modos debemos estar al tanto de algo. Y en esto debemos evitar todo tipo de ingenuidad. Existen mecanismos para estupidizar a la gente, enajenarla, convertirla en autómatas. Hay cientos, miles de formas que actúan microscópicamente, con el fin de despolitizarnos. La ingenuidad, la pasividad, la ignorancia y el descompromiso también se aprenden. Hay instituciones que nos enseñan a ser analfabetos políticos. Nos enseñan a no poder entender por qué las cosas suceden de cierto modo, a no enterarnos de que las cosas suceden o, a que aceptemos lo dado como mero resultado de la naturaleza y no de la acción humana.

No pretendemos interpelar a nuestros oyentes para que se hagan concientes de estos problemas. De ninguna manera. Sólo hacemos nuestro aporte para fomentar los rasgos culturales que venimos problematizando. Sólo queremos embaucarlo. Perdón por la ingenuidad de explicitar nuestros planes, no podemos evitarlo. Sólo queremos advertirle que: si usted cree que lo que decimos es verdad y confía en nuestras palabras, eso queda bajo entera responsabilidad suya y deberá hacerse cargo del uso que le de a las mismas. Porque todos tienen algo por lo cual responsabilizarse, incluso Mi Mono y Yo.

Intro Programa Nº 14

El los últimos días hemos leido y escuchado reiteradas veces una frase que suena sensata. “La crisis global distribuye pérdidas y concentra ganancias”. Para los plomeros y carpinteros pérdidas. Para los especuladores y timberos ganancias. Las pérdidas son de nosotros, las ganancias son ajenas cantaría tal vez Yupanqui si viviera. Queda demostrado finalmente, cómo la copa neoliberal derrama. Derrama miseria. Y para eso, no hay dudas que la mano invisible del mercado es la mejor asignadora.

En estos últimos días leimos, y fuimos testigos también, que el malo de la película gana otra vez el centro de la escena. En este juego épico y macabro del capitalismo financiero global, el mefistofélico Estado, enemigo a muerte del Dios mercado sale a su rescate y da una mano. Una mano que, en este caso no es invisible. Es concreta, es palpable. Es la mano visible del Tesoro imperial. El Estado hace su intervención, los mercados aplauden de pie y suspiran.

En los últimos días además, vimos caras que hacía mucho no veíamos. Caras duras, muy duras. Y escuchamos consejos de lo que deberíamos hacer que hacía mucho no escuchábamos. Un ex ministro por aquí, otro ex ministro por allá. Analistas, prestidigitadores, brujos y profetas que vaticinaron cien de las últimas dos crisis. Chantas todos. Discípulos de Friedman y Hayek todos. Expertos en provocar incendios sugiriendo las mejores formas de apagarlos. Esto nos recordó, a pesar de la risa y la nausea provocada, aquella canción que habla del caníbal desdentado enseñando a masticar y cuyo negocio es difícil de explicar y fácil de enseñar. Cuánta razón hay en ella.

En recientes días no faltaron tampoco, desde otros extremos ideológicos, quienes anuncian la muerte definitiva del sistema. Anuncio que ha sido repetido varias veces en los últimos 150 años y el bicho sigue andando. Está tuerto y rengo, tambalea y no se cae ¿Será esta la vez que lo haga? No lo sabemos. Acostumbrado ya a pasar largas estadías en terapias intensivas siempre se las ingenia para sobrevivir. Y para ello, para no morir, necesita del sacrificio de mucha vidas humanas. Eso es lo trágico, a la vez que paradójico.

En fin. Toda crisis, dicen, es también una oportunidad. Una oportunidad de ver y oir cosas como las que acabamos de relatar. O bien, una oportunidad para no enterarse de nada. Para preocuparse por cosas tan significativas como la posible eliminación de la Tota del programa de los sueños. O hacerse mala sangre por no conseguir entradas para el show de Madonna. O frivolidades por el estilo. Una excelente oportunidad, por qué no, para desviar tu atención y no te des por enterado que a vos te tocan las pérdidas otra vez. Qué lástima, todos tienen algo que perder, excepto mi mono y yo.